Beatriz Vignoli. "Al escribir un poema busco expresar algo, ya no explorar formas"


Poeta, traductora y periodista cultural, describe su escritura híbrida entre prosa y verso, destaca la vitalidad de la circulación literaria y define su trabajo como crítica: "No canonizar, sino alentar la lectura"
LA NACION
DOMINGO 11 DE JUNIO DE 2017
"Heredé este plato y esta cuchara de mi abuela paterna, la bioquímica, feminista y militante irigoyenista Elvira Fontá, la primera mujer rosarina que obtuvo un título universitario y la fuente de toda mi inspiración". Fotos: Marcelo Manera
"Heredé este plato y esta cuchara de mi abuela paterna, la bioquímica, feminista y militante irigoyenista Elvira Fontá, la primera mujer rosarina que obtuvo un título universitario y la fuente de toda mi inspiración". Fotos: Marcelo Manera.
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ROSARIO.- Mientras revisa la edición de su poesía reunida para la editorial Bajo la Luna, Beatriz Vignoli (Rosario, 1965) no para de trabajar. Corrige el borrador de una nueva novela, que integrará la seria iniciada en DAF, escribe notas sobre arte y literatura para Rosario/12, investiga filiaciones poéticas en las obras de autores de nuevas generaciones, lee como jurado para distintos concursos provinciales y nacionales, prepara obras multimedia con artistas y amigos y se presenta en festivales de poesía de diferentes ciudades del país. Ver en vivo a Vignoli interpretar sus poemas es una experiencia única y recomendable para los amantes de las emociones potentes.
Periodista y traductora, vive y trabaja en Rosario. Ha publicado, en poesía, Almagro (Editorial Municipal de Rosario, 2000), Viernes (Bajo la Luna, 2001), Ítaca (Junco y Capulí, 2004), Soliloquios (Huesos de Jibia, 2007), Bengala (Bajo la Luna, 2009) y Lo gris en el canto de las hojas (Baltasara Editora, 2014). Ese año publicó, en el sello rosarino Iván Rosado, Árbol solo, un libro minúsculo, de pocas páginas, donde retoma una voz perentoria para referirse a cuestiones íntimas y sociales del presente. Vignoli tiene además varios libros publicados en los géneros de novela, nouvelle, cuento y crónica, como Nadie sabe adónde va la noche y Molinari baila. Su obra poética integra varias antologías nacionales y extranjeras.
En tu nuevo libro, Árbol solo, aparece un yo poético bien fuerte y determinado. ¿Es una toma de posición?
Enunciar desde un yo poético definido y consistente fue una toma de posición que adopté en 1999 al escribir los poemas que terminarían integrando mi libro Viernes, donde esa enunciación en primera persona manifestaba mi intención de ruptura estética con el objetivismo, aquella corriente que después devino en la poesía de los años 90, así que la ruptura no se notó. Lo que hice en Árbol solo tenía otra intención consciente: la de llegar a poetas de las generaciones más nuevas y a un público más amplio. Pero al releerlo me doy cuenta de que lo que hago ahí es retornar al estilo de escritura de mis comienzos. Empecé a escribir poesía a los doce años, en 1977, y a publicar mis poemas en 1979. Entre mis primeras influencias estaban las canciones de Charly García y la poesía beatnik, influencia que me llegaba indirectamente a través del poeta Rubén Vedovaldi, y directamente a través de buenas antologías. En los años 80, mientras cursaba el traductorado, descubrí a William Shakespeare, el maestro de la invención del yo.
¿Y quiénes fueron tus otros maestros?
También en aquellos comienzos elegí a mis maestros en la poesía nacional, regional y local: Beatriz Vallejos, Hugo Padeletti y Willy Harvey (willyharvey.blogspot.com.ar), a quienes conocí personalmente en distintos momentos. Y los poetas de la revista Poesía Buenos Aires: Edgar Bayley y Enrique Molina, a través de lecturas; a Rodolfo Alonso. Y Alejandra Pizarnik. Fui de la primera generación que absorbió esa gran obra abismal. La Antología de la poesía surrealista traducida y compilada por Aldo Pellegrini fue un libro fundamental: me llegó a los catorce años gracias a una amiga que lo sacó en préstamo de la biblioteca de su escuela. Eso creó otro polo en mi escritura, la idea de trascender el yo. Son tensiones que enriquecen y no creo en las normativas que piden renunciar al yo. Porque la primera persona puede ser una máscara ficticia útil o la voz de algo mayor.
¿Cómo elegís los temas de tu poesía, que a veces asume la contundencia de un manifiesto?
A partir de cierta desesperación existencial que me impulsa a buscar significantes y ordenarlos a partir de todo tipo de lecturas, no sólo literarias. También surgen de otras actividades que hago siguiendo ese impulso. Mi poema "Eugenesia" iba a ser una pancarta para un festival en defensa de la Ley Nacional de Salud Mental. "La caída", que escribí a máquina de un tirón en 1999, surgió de algún modo como un manifiesto contra cierto espíritu de época que pretendía culparnos de todo lo que nos pasaba, como si no hubiera factores sociales ni políticos en juego. Los temas de la culpa y la responsabilidad (mi obsesión, desde mis lecturas juveniles de Sartre y Camus, poco antes del juicio a las juntas militares durante el gobierno de Raúl Alfonsín) se articulan para mí con la forma de la tragedia isabelina, magnífico modelo de estilo no romántico.
¿Notaste cambios en tu modo de escribir poesía?
Si bien encuentro similitudes con los inicios, noto cambios entre mi estilo de ahora y el de mis libros publicados entre 2004 y 2014. Abandoné el esteticismo de ese período. Mi principal objetivo al escribir un poema ha vuelto a ser el de expresar algo, ya no el de explorar formas. Este cambio de intención se traduce en el estilo. Sin embargo, la forma no deja de ser importante. Que el poema resuene musicalmente es la condición de que llegue.
¿Qué importancia le das a la circulación actual de la actividad poética y cómo se evidencia esa circulación?
Tiene mucha importancia y se evidencia cada vez más a través de los nuevos medios de comunicación, como las videoperformances que las nuevas poetas suben a Internet. Lo digo en género femenino porque las mujeres predominan en estos formatos donde se pone tanto el cuerpo. Es una circulación global, y espero que se intensifique, bajo tales condiciones, en un nivel nacional y federal también.
Escribiste varias novelas. ¿Sigue tu proyecto narrativo?
Continúo la saga de Atopia, que empezó con mis novelas DAF y Reality, y siguió con Nadie sabe adónde va la noche. Acabo de terminar, luego de revisarlo dos años en una clínica de obra independiente entre pares, el primer borrador de una novela donde Atopia estalla en una variedad de universos alternativos. Allí sigo las andanzas del investigador de RealityDAF y Reality se continúan en El bote, todavía inconclusa. Otro desglose de la secuela es Sonderzeit, novela de ciencia ficción barrial que escribí en 2009 en colaboración con mi entonces vecino Lisandro Murray, quien creó una editorial para publicarla. Sonderzeit está ambientada en el edificio donde vivíamos.
¿Cómo se concilian en vos la poeta y la narradora?
Como identidades. Para mí, "poeta" o "narradora" son meros semblantes, puramente funcionales. En cuanto a la escritura, no las concilio al modo de Flaubert, que es en alguna medida el de Juan José Saer y el de contemporáneos míos como Francisco Bitar o Fernando Callero, a quienes admiro aunque sean muy distintos. Es decir, nada de doble determinación estilístico-mimética, o como decía Cézanne: "Pintar Poussin del natural". Lo mío rompe la unidad de la obra en todos los niveles. Al escribir suelo experimentar con híbridos entre prosa y poesía. A veces, dejo surgir desde la voz del narrador de la novela una prosa poética extrema, autoral, inverosímil, y otras veces llevo el poema a un prosaísmo periodístico, como en mi poema "Crónica" (del libro Bengala), donde transcribo el relato en crudo de un motín carcelario contado desde una canal de televisión.
¿Qué funciones cumplen la crítica y el periodismo cultural?
Como yo lo encaro, desde un lugar que no está al amparo de la bendición académica. No se trata de canonizar a nadie, sino de alentar la lectura: acercar lectores a lo que se está produciendo. También pretendo educar un poco al público; incluirlo, no sólo informarlo. Es como si alguien viniera y te dijera: "No podés perderte esto", pero además te tirara algún centro sobre de qué va la cosa. Creo en la democratización de la cultura y la milito semana a semana en mi trabajo.
Las condiciones del trabajo intelectual son un tema recurrente en tus escritos.
Quizás por los cambios que me tocó vivir. De hecho, lo son especialmente en Árbol solo. Será porque, salvo por una prolongada incursión juvenil en la industria textil, casi no he hecho ningún otro tipo de trabajo. Vivo de escribir textos y enviarlos desde mi casa. De los 38 a los 51 años laburé como traductora de inglés. Me formé para ejercer esa profesión. Y asimilé el desarrollo de las herramientas informáticas que agilizaron el trabajo de la traducción a la vez que lo estandarizaban y lo convertían en una maquila intelectual. Cuando publiqué Reality, hubo quienes la leyeron como una descripción en clave de periodistas y artistas locales reales. Pero la oficina de redacción del diario El Atopiano en esa novela es una ficción, donde mezclo detalles encontrados en las distintas redacciones de diarios donde trabajé. Había algo de épico y de novelesco en el periodismo antes de Internet, escrito a máquina, diagramado a escuadra con lápiz. Viví el final de esa época en el diario The Buenos Aires Herald a mediados de los años 90.
¿Cuál es la situación del arte y la literatura en una ciudad de tantos contrastes como Rosario?
Es precisamente así, contrastante, como una novela de Dostoievski: locos y santos. Al arte rosarino le va bastante bien porque logró cierta visibilidad en Buenos Aires, pero la Escuela de Letras de la Universidad Nacional de Rosario existe en un universo alternativo donde los escritores de la ciudad somos plomeros. Al igual que en otras ciudades del país, la literatura es hoy en Rosario una actividad mayoritariamente joven, y donde la poesía se solapa con formatos de acción física como la performance, el rap, el hip hop, el stand up o el slam de improvisación. Pero además en la provincia de Santa Fe se da un fenómeno único: el de los espacios inclasificables que algunos operadores cultos del campo de la salud mental abren en el interior de instituciones que alojan sus acciones pero no las cooptan. Son talleres y otros espacios con mucho del viejo espíritu de la vanguardia, donde se unen arte y vida.
¿Cuál es tu mirada sobre la política cultural actual allí?
Localmente, soy optimista respecto del Festival Internacional de Poesía de Rosario, que se ha adecuado a los nuevos tiempos cuando en un momento parecía que iba a anquilosarse. Y la Editorial Municipal de Rosario, que se la viene jugando por autores emergentes. Pero ése es el lado Jeckyll de la Municipalidad de Rosario, que tiene su lado Hyde, con el cierre de los espacios culturales alternativos.
¿Tiene el desarrollo de las editoriales independientes influencia sobre la escritura?
Las editoriales independientes en la Argentina están publicando poesía de muy buena calidad, traducciones de muy buena calidad, bellos libros muy bien diseñados, reediciones valiosísimas, o trabajos de sociología accesibles al gran público y que dialogan críticamente con la época, lo cual sin duda hace que sea más democrática la circulación de la escritura. Sin embargo, también es preciso que las librerías les den más espacio a las editoriales independientes y que éstas sean confiables.
¿Cómo leés las obras de otros escritores?
Leo obras de otros, mucho y siempre, porque ése es mi trabajo. Vivo de reseñar libros y exposiciones en Rosario/12. Trato de leer cada obra diacrónicamente en su relación con las tradiciones en las que se inscribe, y sincrónicamente en el contexto de la época. Intento no guiarme solamente por mi gusto personal y valorar lo que leo más allá de ese gusto. Cada tanto descubro alguna obra que me apasiona y que le da sentido a todo ese trabajo.
Si no fueras escritora, ¿qué creés que serías?
Es la pregunta por la sombra luminosa, por las posibilidades no realizadas. Cada una abre un universo alternativo. Podría haber desarrollado una carrera de artista plástica o quizás habría sido cantante en alguna banda de punk rock. Más que nada me hubiera gustado ser psicoanalista, terapeuta, adivina, pitonisa o una profesión que leí que tenían algunos pueblos originarios, que era la de "soñadora".
Tu escritura poética se reserva un aspecto performático, casi chamánico.
Shakespeare en particular, y el teatro en general, me ayudan a pensar lo performático, porque el soliloquio del teatro isabelino es una forma literaria dramática que he tomado como modelo de estilo; de allí y del "Poema conjetural" de Borges surge mi libro Soliloquios. La liturgia católica es otro eco que viene desde mi pasado más profundo, el de la infancia. En un sentido más amplio de religión, también vinculado al teatro, pienso en los chamanes de los pueblos primitivos cuando asumen el espíritu de un animal sagrado. Algo de eso hay en mi soliloquio poético de Omar Chabán.
Por qué la entrevistamos
Porque es autora de una obra consistente y sostenida en prosa y poesía, y ejerce la crítica como forma de democratizar la cultura

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