La aventura de aprender a jugar al ajedrez

La aventura de aprender a jugar al ajedrez

¿Qué atrae a los chicos de este juego milenario que en Argentina se difunde en clubes tradicionales?
Juan Pablo tiene un peón en su mano derecha y la mirada fija en el tablero. Vivió doce veranos pero aparenta más edad en el primer piso de la histórica casa de Paraguay 1858. Su concentración lo dice todo: el ajedrez ya lo apasiona. A su lado, Facundo observa al profesor y escucha sus consejos cerca de las piezas. No mira a los costados. Él también está atrapado. Para Lautaro, es su segunda clase en el Club Argentino. Y promete que volverá. Son tres ejemplos de cómo hoy hay chicos que se enganchan con el aprendizaje del ajedrez y que apuestan a la reflexión sobre el vértigo, aunque éste también puede verse sobre las casillas blancas y negras. Pero para experimentarlo tendrán tiempo.
“A los seis años, vi a mi hermano jugar con un amigo en casa y logré que me enseñara. Lo que más me divierte es la estrategia y el no saber qué va a pasar. Lo más difícil es cuando jugás con alguien nuevo. En algunos momentos de la partida sé qué va a querer hacer mi contrincante y me puedo anticipar”, analiza Juan Pablo. Cecilia, su mamá, se llena la boca de café en la sala contigua y relata: “Hace dos años que me pide ir a clases de ajedrez y este año lo mandé a investigar dónde iba a estudiar. Así llegamos acá. No entiendo muy bien lo que hace”.
Si bien este deporte es individual, las clases son colectivas y ningún profesor le niega el derecho a un pibe de compartir con chicos de su edad esta estimulante actividad.
“Siempre pierdo porque como no tengo estrategia, me comen al rey en menos de tres minutos”, exclama el divertido e inquieto Facundo, de 8 años, quien sufre un trastorno de hiperactividad con déficit de atención. No fue la madre quien “eligió” el deporte, sino que lo propuso su psicóloga. “La idea es que el ajedrez lo enfoque en una actividad, logrando que se tranquilice”, comenta la tía Valeria, quien lo observa desde el bar.
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Muy cerca, Lautaro Manuel tiene un factor distintivo: “Es mi segunda clase y estudio ajedrez porque quiero ser muy bueno en este deporte, pero no conozco a nadie que lo practique. Es difícil pensar estratégicamente”, explica profesionalmente este joven rubio de ojos miel que tiene 10 años.
La enseñanza del ajedrez es milenaria y en Argentina, particularmente, hay una tradición histórica que permitió su difusión en clubes y la consagración de campeones mundiales en categorías de edad. Hoy los jóvenes encuentran una utilidad o diversión en este juego.
“Como entre los 8 y los 12 años el chico comienza a desarrollar al máximo el proceso cognitivo, los profesores deben considerar este factor, además de cautivar la atención e interés de los alumnos”, asegura Alejandro Moretti, entrenador de la escuela Ruy López, a quien se lo ve apasionado en el Círculo de Ajedrez de Villa Martelli.
“Con los más chiquitos se trabaja lo relacionado a la exploración, que va desde lo más concreto (el tablero y los movimientos de las piezas) para llegar progresivamente hacia mayores niveles de abstracción, como el concepto de jaque y jaque mate -agrega Moretti-. Con los más grandes, se complejizan estos contenidos elementales con la idea de que ellos mismos puedan ir construyendo estos contenidos a través de descubrimientos propios”.
La aventura de aprender a jugar al ajedrez
“Tenemos el placer de recibir a los alumnos del Colegio del Carmen. Desde la semana pasada, comenzaron a venir de dos a tres veces por semana a aprender ajedrez curricularmente”, dice Norberto Rial, quien enseña en el Club Argentino de Ajedrez. (GERMAN GARCIA ADRASTI)
Son las instituciones las que abren las puertas para que se trabaje con los chicos que se inician en esta actividad. Pedagógica y didácticamente, como una materia cualquiera, el docente debe generar su plan de estudio. Y el ajedrez no es la excepción. Por eso deben adaptar ese plan al público al que se van a enfrentar y a la etapa de desarrollo que están transitando.
Los métodos de estudio son diversos y desde las instituciones emblemáticas de ajedrez le cuentan los suyos a Clarín.
En el Círculo de Ajedrez Torre Blanca fusionan la teoría con la práctica desde un aspecto lúdico para entender cuáles son los movimientos, las piezas y los conceptos a desarrollar a lo largo de una partida. En el Club Argentino comparten la necesidad práctica y teórica del contenido académico, pero lo complementan con otras actividades. “Explicamos que el tablero es como una región medieval en la que ambos ejércitos deben capturarse. Para graficarlo, utilizamos métodos como el ajedrez viviente. Cada chico es la pieza, decide cómo se va a mover y se desliza con ella en el tablero que tenemos en el suelo del primero piso”, explica Norberto Rial, encargado de la biblioteca.
En el Club Mariano Moreno, Gabriel Mazziotti Irigoyen, árbitro y ajedrecista, cuenta: “Es común que un chico se inicie en este viaje de estrategas sin retorno cuando ya tuvo algún tipo de contacto con el juego, ya sea en la escuela o la casa. El primer objetivo es que en una o dos clases aprendan el movimiento de las piezas y estén atentos a las posibilidades de la captura. El segundo, es que incorporen los conceptos del jaque y del jaque mate”.
Un método distinto y efectivo es el del Círculo de Ajedrez de Villa Ballester. “Mostramos videos de grandes maestros y analizamos las jugadas. A su vez, hacemos competencias en las clases para que los chicos aprendan y analicen sus propios errores”, explica Enrique Scarella. Y en el Círculo de Ajedrez de Villa Martelli encuentran tranquilidad al enseñar a través de cuadernillos, con un contenido acorde al nivel en el que el alumno se encuentra, además de hacer hincapié en la táctica del juego.
Todo vale para contagiar la pasión por el ajedrez. Y los chicos lo agradecen con creces.

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